Olas artificiales: el as en la manga del futuro del surf olímpico

Sport Powerful Recreation Surfer Surfing Water. Imagen de Max Pixel / CC0 1.0

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Avance Deportivo

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@deportivoavance
11 de noviembre de 2019, 11:00

Surfear sin importar el estado del mar ni las condiciones meteorológicas, surfear en lugares muy alejados de la imagen de las paradisíacas playas hawaianas, en lagos, ríos o piscinas artificiales: este es el objetivo de las empresas que se dedican al desarrollo de tecnología para generar olas artificiales que estén a la altura de la demanda de los mejores surfistas del mundo. Con la inclusión del surf como deporte olímpico para Tokio 2020, se barajó la posibilidad de buscar una piscina de olas para la competición, aunque, finalmente, se celebrará en en un entorno natural: las olas de Tsurigasaki.

El surf lleva buscando su inclusión entre los deportes olímpicos desde los años 70, cuando la ISA (International Surfing Association) comenzó su campaña para lograr que este deporte fuese incluido entre las disciplinas que forman parte de los Juegos. En 2009, la Federación Brasileña de Surf luchó para que el surf fuese olímpico en los Juegos de Brasil de 2016, pero tuvo que claudicar frente al empuje de otras dos disciplinas: el golf y el rugby. No ha sido hasta esta década cuando el COI, viendo la repercusión y el calado del surf entre las nuevas generaciones, se empezó a tomar en serio su inclusión. El problema surge cuando para evaluar a cada uno de los participantes intervienen factores exógenos, como el estado del mar en un momento dado o las condiciones meteorológicas en general. Hasta la fecha, un surfista profesional no solo tenía que contar con la excelencia en el apartado técnico, sino que también necesitaba ser capaz de leer el estado del mar e identificar cada tipo de ola del mismo modo que un jugador de poker lee las intenciones de su rival; las piscinas de olas cambiarían la naturaleza del juego, al ofrecer exactamente las mismas condiciones a todos los participantes.

Para muchos surfistas, las olas artificiales suponen una ruptura con uno de los principios fundamentales de su deporte, la comunión con la naturaleza y la paciencia para elegir la ola perfecta para sus condiciones y gustos personales; para otros, los avances que se han producido en los últimos años en la tecnología para la producción de olas significa que se puede surfear un mismo tipo de ola una y otra vez hasta alcanzar un tipo de desarrollo más próximo a la planificación de un ejercicio gimnástico, en el que es posible establecer una dificultad a priori y un nivel de desempeño del deportista a posteriori. Además, sería posible celebrar competiciones lejos de la costa, algo que cuenta con un más que evidente interés comercial para los aspirantes a convertirse en sede de los juegos que no cuenten con una costa que reúna las condiciones apropiadas.

Dentro de las empresas que trabajan en el desarrollo de las tecnologías que aspiran a convertirse en estándares dentro del mundo del surf, nos encontramos con la española Wavegarden, un proyecto que tiene su origen en el País Vasco pero que ha conseguido llamar la atención de numerosos inversores y clientes foráneos. Este mismo mes se inauguró el complejo The Wave en Bristol, que promete una experiencia de surf sin parangón durante todo el año en un país que no destaca por las bondades de su climatología en lo que a las exigencias de los surfistas se refiere. The Wave ofrece la oportunidad de surfear lejos de la costa con una tasa de 1.000 olas por hora, con diferentes alturas que se pueden configurar a gusto de los usuarios y que varían entre los 50 centímetros y los dos metros. Hasta ahora, experiencias como las de Snowdonia, en Gales, ofrecían también un pico perfecto y estable, pero a intervalos de 90 segundos. La mejora de características que ofrece la tecnología de Wavegarden se debe, en palabras de Chris Stoddart, CEO de The Wave, al incremento en potencia computacional y al desarrollo de nuevas vías de desarrollo. En estos momentos, Wavegarden cuenta ya con más de 20 proyectos diferentes a lo largo y ancho del globo.

El arranque de Wavegarden, pese a que sobre plano su propuesta rebosaba potencial, no fue fácil. Tuvieron que desarrollar un prototipo a escala real para atraer el interés de los primeros inversores, entre los que se encontraba Francis Menassa, Director de Operaciones de JAR Capital, una firma de inversión: “En menos de una hora estábamos viendo series de olas de dos metros de altura”. Menassa no necesitó más para convencer a la empresa de que aquel iba a ser un producto rentable y esta se convirtió en uno de los primeros inversores de The Wave.

La olas artificiales están comenzando a convencer a los integrantes de una cultura íntimamente ligada a los espacios naturales, sobre todo en países como el Reino Unido, que han vivido un aumento de un 40% en el número de deportistas, pero que cuentan con un espacio de recursos limitado en sus costas para su práctica. En la actualidad se estima que la cifra de surfistas británicos supera el millón, pero estos se ven obligados a buscar la ola perfecta fuera de su territorio; con la aparición de las olas artificiales en ríos, lagos y piscinas, surgen nuevos modelos de explotación que auguran unos ingresos lo suficientemente poderosos como para atraer el interés de los grandes grupos de inversión.

Uno de los pioneros en la inversión en I+D+i deportiva para crear la ola perfecta, y también responsable de convencer a los surfistas más reticentes al cambio, ha sido la leyenda del surf Kelly Slater. El estadounidense fundó la Kelly Slater Wave Company, una de las grandes responsables de que las olas artificiales hayan dejado de ser un tabú entre sus principales detractores. Para Slater, las piscinas de olas sirven para “complementar o suplir determinadas condiciones que interfieren en una correcta práctica del deporte”; en la actualidad, celebra en sus instalaciones, el Surf Ranch, paradas de la World Surfing League (WSL).

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